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Fernandillo Tending his Campfire
Photo © Steve Kahn

->Español



Apropos duende, or being possessed


by Steve Kahn



It was early spring of 1967. I had been living for about a year in the small Andalusian pueblo of Morón de la Frontera, and had made the usual friends that guitar students make, Gypsies and Spaniards alike. I had also met Anzonini, a well-known flamenco festero, and Rosa, his eccentric, infamous, significant other. They lived on a garlic (ajo) farm outside the tiny village of Setenil de las Bodegas, somewhere in the mystical countryside (campo) of Andalusia near Ronda. A bunch of us piled into my old army-green VW and headed off to the farm for an adventure. There was mi esposa Virginia Gilmore, guitarist Diego del Gastor, his nephew and festero Fernandillo and another acquaintance of theirs whom I did not know well.

Setenil is an isolated, ancient white pueblo straddling a narrow muddy riverbed in the foothills of the coastal range. Anasazi-like dwellings cling to the base of sandstone cliffs that overhang the river. To get there from Morón we drove through endless, dreamy hours of dry air, dirt roads and steep, rolling hills punctuated by the oldest of olive trees. It was reminiscent of parts of California where I grew up.

We stopped for a campfire lunch at the site of a favorite sweet-water well, known only to Fernandillo and other Gypsies like him who still traveled the old goat and horse trails of the back-country. Ours was the only car seen all day.

We were as far into Andalusia as I could ever have imagined, and by the time we arrived at Anzonini and Rosa's the spell was already cast. I don't remember there being electricity at the farm; it was primitive but clean - a simple, whitewashed, tile-roofed house on the hillside.

After a wonderful dinner and much to drink, Diego tuned up my guitar and the fiesta was on. It was not one of those all-time great fiestas, but it was intimate and everyone was a gusto. By 2:00 a.m., in the warm shadows of candlelight, most of us were exhausted and asleep in our chairs or almost there. Diego was playing por bulerías, a fast, driving form, and his friend, whose name I don't remember, started to sing. Up until that point, I didn't know that he could sing. But clearly he could, and as he sang, something quite extraordinary began to happen in the room. It was as if he had, at that moment, tapped into some powerful, profound source of flamenco energy. It felt like he was singing way beyond his normal ability. Diego picked up on this immediately and played to it, driving him further on, following him into the emotional vortex. We all began to awaken to this thing that was happening. I remember seeing Anzonini lifting his head out of his arms where it had rested, in sleep, on the table, his body rising dreamlike but electrified from the chair, empowered by the music. He rises slowly, deliberately, and moves in perfect rhythm, moves a compás, not dancing per se, but focused and intense, as the singer sings and Diego plays and the exploding rhythm takes us all into some other dimension. The cante builds with such strength and passion, that Anzonini appears to be drawn up from his table into the center of the room, like a genie called from its bottle. His eyes are wide and blazing blue and he's plugged into the same energy that possesses us all. He tosses a gesture here, a glance there, and it is clear that he is compás -- he is it, the very heart and soul of Flamenco. As the singer finishes his cante, and Diego quiets the strings, we are all incredulous and spent.

What had happened was one of only a few examples of the rare duende that I was fortunate enough to have experienced in Spain; it came up out of the ground, out of the air, out of us all. There was nothing more to be done. We crashed where each could find comfort. I remember how dark and quiet it was in the farmhouse that night, among the ancient olive trees and the fields of garlic.


Steve Kahn
New York City, January 1998

 

 

Acerca del duende, o estar poseído.


por Steve Kahn



Eran principios de la primavera de 1968. Yo había estado viviendo en Morón de la Frontera durante más o menos un año y había hecho los amigos, tanto gitanos como españoles, que suelen hacer los guitarristas estadounidenses. También conocí a Anzonini, un famoso bailaor, y a Rosa, su excéntrica y notoria pareja. Vivían en una granja de ajo a las afueras del pequeño pueblo de Setenil, en alguna parte del místico y medieval campo de Andalucía entre Morón y Ronda, situado en las montañas. Unos cuantos de nosotros nos metimos en mi viejo Volkswagen y nos dirigimos a la granja en busca de aventura. Estaban Diego del Gastor, su sobrino y gran festero Fernando, y otro conocido suyo al que yo no conocía bien.

Setenil es un antiguo pueblo aislado que hace puente sobre un enfangado lecho de río al pie de las montañas de la cadena costera andaluza. Moradas como de estilo Anasazi están pegadas a los precipicios de arenisca que se elevan sobre el río. Para llegar allí desde Morón conducimos a través de horas sin fin de aire seco y ondulantes montañas escarpadas puntuadas por los olivos más viejos.

Nos paramos a almorzar en el campo junto a un pozo de agua dulce, conocido sólo por Fernando y otros gitanos que como él, seguían viajando por los viejos caminos de cabras y caballos del campo. El nuestro fue el único coche que vimos en todo el día.

Nos habíamos adentrado en Andalucía tanto como habría podido yo imaginar, y para cuando llegamos a casa de Anzonini y Rosa el hechizo definitivamente estaba echado. No recuerdo que hubiera electricidad en la granja, que era primitiva y limpia, y estaba bien montada con el estilo y buen gusto de Rosa.

Tras una maravillosa cena y mucha bebida, Diego afinó mi guitarra y comenzó la fiesta. No fue una de las fiestas más memorables de todos los tiempos, pero fue algo íntimo y todo el mundo se encontraba a gusto. A las dos de la madrugada, en las cálidas sombras de la luz de las velas, la mayoría de nosotros estábamos exhaustos y dormidos o quedándonos dormidos en nuestras sillas. Diego tocaba por bulerías, una forma rápida y abrumadora, y su amigo comenzó a cantar. Hasta aquel momento yo no sabía que tení conocimientos del cante. A medida que cantaba, empezó a suceder algo bastante extraordinario. Era como si en ese momento él hubiera dado con una fuente poderosa y profunda de energía flamenca. Estaba claro que cantaba muy por encima de su habilidad usual. Diego se dio cuenta de esto inmediatamente y por ello tocó animándole a seguir. Todos empezamos a despertarnos con lo que estaba sucediendo. Recuerdo que vi a Anzonini levantando la cabeza de sus brazos donde había estado descansando, dormido, sobre la mesa - su cuerpo se levantaba de la silla como en un sueño, pero electrificado, con un poder atribuido por la música y lleno del ritmo. Se levanta lentamente, deliberadamente, y se mueve con un ritmo perfecto, al compás, no bailando, sino concentrado e intenso, al tiempo que canta el cantaor y Diego toca y el ritmo que explota nos transporta a todos a otra dimensión. El Cante se realiza con tal fuerza y pasión que parece que Anzonini es levantado de su mesa hacia el centro de la habitación, como un genio al que se llama de su botella. Sus ojos son como platos y de un azul centelleante y está conectado a la misma energía que nos posee a todos. Lanza un gesto aquí, una mirada allá, y queda claro que él es el compás, él es el corazón y alma de los gitanos. Cuando el cantaor va acabando y las cuerdas de Diego se van silenciando, nos sentimos todos incrédulos y agotados.

Lo que había sucedido fue tan sólo uno de los pocos ejemplos del raro duende que tuve la suficiente fortuna de experimentar en España; surgió de la tierra, del aire, de todos nosotros. No había nada más que hacer. Dormimos como y donde pudimos, con cierta comodidad. Recuerdo lo oscuro y silencioso que se estaba en el caserío esa noche, entre los antiguos olivos y campos de ajo.

Steve Kahn
Nueva York, enero 1998

 

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